
Autor: Diego Sánchez Aguado.
Que en Estados Unidos el baloncesto, y más concretamente la NBA es el deporte rey es algo difícil de discutir. Del mismo modo que es poco discutible que en España el fútbol tiene una gran ventaja respecto al resto de los deportes.
Es un hecho que no tiene discusión alguna, y la propia capacidad de unos y otros feudos habla por sí mismo. El Real Madrid de fútbol juega en el Santiago Bernabéu, estadio con una capacidad para acoger cerca de 80.000 espectadores. El de baloncesto juega en el Wizink Center, en el cual apenas caben 15.000 espectadores, aún siendo uno de los pabellones más grandes de Europa. Más notable es el caso del FC Barcelona, cuyo estadio de fútbol, el Camp Nou tiene una capacidad para casi 100.000 espectadores, mientras que en el Palau Blaugrana apenas caben 7.000.
Esta poca relevancia del baloncesto respecto al fútbol no sólo se basa en los espectadores presenciales, sino también en los que ven los eventos deportivos desde casa. La final de la Euroliga de 2018, en la que el Real Madrid Basket se enfrentó al Olympiakos, batió todos los récords de audiencia en lo que a baloncesto se refiere con un total de 1’9 millones de espectadores. Tan sólo una semana después, la final de Champions League entre el Real Madrid y el Liverpool congregó a un total de 9’2 millones de espectadores, más de el 400% de la anterior mencionada.
Este rol de deporte secundario no sólo se refiere a la audiencia, sino también al dinero que mueve y al nivel de uno y otro deporte. El presupuesto de un equipo top de fútbol, como el Real Madrid, el Barcelona o el Bayern de Múnich se halla en un rango entre los 300 y los 400 millones de euros, mientras que el presupuesto de los equipos de baloncesto más aventajados apenas cuenta con 15 millones.
Por otro lado está la dicotomía en donde quieren jugar los mejores profesionales de baloncesto y dónde quieren hacerlo los de fútbol. Cuando un futbolista destaca en cualquier rincón del mundo, su deseo es ecalar en un equipo grande de Europa, como el Madrid, el Barcelona o el PSG, y luchar por ganar la Champions. Por otro lado, cuando un jugador de baloncesto comienza a hacerse un nombre en Europa, su principal meta es llegar a jugar en un equipo de NBA, aunque sea con un papel residual, como ya le ocurrió a Sergio Rodríguez a dejar Madrid en dirección a Portland.








